La historia reciente de Chile está marcada por una profunda fractura ideológica que ha desfigurado el horizonte político de la izquierda. Desde el Golpe de Estado de 1973, el país ha transitado por un proceso de descomposición doctrinaria que ha dado lugar a una serie de sincretismos ideológicos—urgentes, desesperados—que han desviado el discurso hacia una línea francamente socialdemócrata y neoliberal. Esta deriva ha sacrificado la oratoria progresista y revolucionaria, diluyendo sus principios en una retórica conciliadora que, lejos de confrontar el legado dictatorial, lo ha legitimado por omisión.

Lo ocurrido en septiembre de 1973 no fue solo un golpe militar: fue un genocidio ideológico. La dictadura encabezada por Augusto Pinochet no se limitó a la represión física; su objetivo declarado fue erradicar el marxismo, y para ello desplegó una maquinaria de terror que incluyó asesinatos, desapariciones, lanzamientos de cadáveres a ríos y calles, allanamientos masivos, campos de concentración y la quema sistemática de libros. Esta violencia no solo buscaba eliminar cuerpos, sino también borrar ideas, sembrar el miedo ante la posibilidad de otro pensamiento.

Desde entonces, la izquierda chilena ha incorporado, en su estructura funcional de pensamiento, matices del neoliberalismo que contradicen sus fundamentos históricos. Lo que hoy se presenta como “democracia chilena” es, en realidad, una mascarada del régimen dictatorial. El traspaso del poder militar a los civiles no significó una ruptura con el fascismo, sino su continuidad bajo nuevas formas. Los sucesivos gobiernos han intentado parchar la constitución heredada de la dictadura, sin cuestionar su raíz autoritaria. Este intento de humanizar el fascismo, en lugar de extirparlo, constituye una forma de colaboración con él.

La división de clases en Chile se manifiesta incluso en la estructura de las fuerzas armadas, donde la clase obrera ocupa el rol de suboficial y la clase alta el de oficial. Esta jerarquía reproduce la lógica de obediencia y dominación que sustenta el orden social. Salvador Allende intentó transformar estas y otras conductas antisociales, pero fue asesinado por quienes defendían ese orden. Su muerte simboliza el inicio de un proceso de exterminio ideológico que aún persiste.

El neoliberalismo fue aplicado en Chile con tal profundidad que incluso sectores de la izquierda terminaron negociando la verdad y la justicia, persiguiendo y entregando a los revolucionarios. Esta capitulación revela el grado de sometimiento al modelo impuesto por la dictadura, y plantea una pregunta urgente: ¿es posible reconstruir un pensamiento emancipador en un país donde la memoria ha sido sistemáticamente mutilada?

La respuesta exige una revisión crítica del presente, una recuperación de la oratoria revolucionaria y una ruptura definitiva con los sincretismos que han debilitado la lucha por la justicia social. Solo así podrá emerger una izquierda que no tema nombrar el genocidio ideológico y que se atreva a imaginar un Chile verdaderamente libre.